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La ceremonia se acabó al irse el hommo: cerrar la guarida, apagar el fuego, destemplar los tambores, buscar abrigo; puede decirse, otra ceremonia.
Dormir, despertar, intentar recordar inutilmente lo soñado, desear haber soñado. Luego abrir los ojos y asegurarse que todo sigue ahí, el tótem particular de los objetos queridos. Al fin, prepararse para continuar una existencia que se siente opaca, con un aliento que se agita para darse coraje y volver a tener fuerza el los brazos para sostener la esperanza de lo invisible. Dar un paso y otro y frotarse la cara con las manos en un intento desesperado por reconocerse humano y presumiblemente correr con ventaja. Dar un paso, otro, tocarse y comprobar el tacto ajeno, el olor a extraño, los restos secos de una humedad pegajosa y las heridas todavía sin cerrarse. Asearse sin mirarse para no ver el tiempo dilatarse en las pupilas y correr desmesuradamente por las mejillas en surcos afiebrados y estériles.
- No hay nada como el agua por las mañanas - bebiendo a grandes tragos, insaciable.
- El agua purifica - ante el cuenco vacío.
- Pero la tormenta no... el lodo arrastra todo y el ánima perece.
Vuelta a navegar la pena con resignación de opio y el quietismo y el mutismo escondiendo ovillos que se enredan y ríos caudalosos que no llevan a ninguna parte.
Hay una certeza mientras el aliento empaña el reflejo en el que el ojo ya no se reconoce: se necesita un otro para ver y para verse.
La certeza, pero la realidad.
- No hay nadie más - y lo que fuma trae un espectro humano que se fociliza.
La realidad, pero el deseo.
- No hay nadie más - y se llena la guarida de vacío.
Cerrada y todo no es segura.
El vacío susurra:
- Hubo un pasado y hay un presente. En el pasado el presente se quebró. Hay un antes y un después de la falla. A partir de ahí todo es una consecuencia.
El vacío enceguece.
- No veo, no puedo ver.
La oscuridad inquieta, genera ansiedad de luz.
La ceguera la hace palpar, por instinto, su cobacha y ya no la reconoce.
Ajena a otro sentido, escucha una melodía maravillosa: susurros de brillos plateados, ecos metálicos, brisas tonales, olas que izan su humanidad para contenerla y llevarla lejos de ahí, aunque no demasiado lejos.
Dormir, despertar, intentar recordar inutilmente lo soñado, desear haber soñado. Luego abrir los ojos y asegurarse que todo sigue ahí, el tótem particular de los objetos queridos. Al fin, prepararse para continuar una existencia que se siente opaca, con un aliento que se agita para darse coraje y volver a tener fuerza el los brazos para sostener la esperanza de lo invisible. Dar un paso y otro y frotarse la cara con las manos en un intento desesperado por reconocerse humano y presumiblemente correr con ventaja. Dar un paso, otro, tocarse y comprobar el tacto ajeno, el olor a extraño, los restos secos de una humedad pegajosa y las heridas todavía sin cerrarse. Asearse sin mirarse para no ver el tiempo dilatarse en las pupilas y correr desmesuradamente por las mejillas en surcos afiebrados y estériles.
- No hay nada como el agua por las mañanas - bebiendo a grandes tragos, insaciable.
- El agua purifica - ante el cuenco vacío.
- Pero la tormenta no... el lodo arrastra todo y el ánima perece.
Vuelta a navegar la pena con resignación de opio y el quietismo y el mutismo escondiendo ovillos que se enredan y ríos caudalosos que no llevan a ninguna parte.
Hay una certeza mientras el aliento empaña el reflejo en el que el ojo ya no se reconoce: se necesita un otro para ver y para verse.
La certeza, pero la realidad.
- No hay nadie más - y lo que fuma trae un espectro humano que se fociliza.
La realidad, pero el deseo.
- No hay nadie más - y se llena la guarida de vacío.
Cerrada y todo no es segura.
El vacío susurra:
- Hubo un pasado y hay un presente. En el pasado el presente se quebró. Hay un antes y un después de la falla. A partir de ahí todo es una consecuencia.
El vacío enceguece.
- No veo, no puedo ver.
La oscuridad inquieta, genera ansiedad de luz.
La ceguera la hace palpar, por instinto, su cobacha y ya no la reconoce.
Ajena a otro sentido, escucha una melodía maravillosa: susurros de brillos plateados, ecos metálicos, brisas tonales, olas que izan su humanidad para contenerla y llevarla lejos de ahí, aunque no demasiado lejos.
